noviembre de 2010
Corren tiempos difíciles. Nos precipitamos por nuestras vidas presos de unas prisas que nos engullen sin masticar, pendientes de un mañana que parece no que no llega si no es para convertirse en ayer. Jamás nos detenemos a mirar a los lados porque nos ciega la nada futura. Y nos dejamos llevar. Lo consentimos y lo aceptamos casi sin rechistar.
El asunto no tendría importancia si un hombre llamado Herman Melville no hubiera escrito Bartleby, el escribiente.
El asunto no tendría importancia si un hombre llamado Herman Melville no hubiera escrito Bartleby, el escribiente.
Bartleby es un oficinista gris, pero gris oscuro. Alguien a quien nos cruzaríamos por la calle sin percatarnos de su existencia. Es ese compañero –ese conocido– del que no nos interesa absolutamente nada. Así opina el narrador, que fue jefe de Bartleby y nos confiesa que no conoce al protagonista de la novela que está escribiendo, mientras, en la primera página, consigue despertar en el lector la admiración y expectación más grandes que se hayan sentido por un don Nadie.
Este ser ínfimo, cuya vida parece tener sentido únicamente en el desempeño de su oficio, llega incluso a instalarse, a alojarse, en la oficina donde trabaja con una pulcritud extrema.
Pero, un buen día, Bartleby recibe una orden y contesta: “Preferiría no hacerlo”. Y no lo hace.
Ese día se detuvo el tiempo. Desde entonces, la literatura, la vida y la humanidad ya no serían los mismos. Y así nació el siglo xxi. En 1856.
PAP
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| Bartleby, el escribiente |

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