sábado, 18 de junio de 2011

Jugar en serio

Somos lo que vemos, lo que escuchamos, lo que bebemos, lo que amamos, lo que recordamos, lo que nos hace sonreír o llorar. Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco da buena cuenta de ello...
Varios son los oficios de Pacheco: traductor, cuentista, ensayista y sobre todo poeta. Incontables los premios que se le han otorgado. El año pasado, Tusquets recuperó, para su colección Andanzas, esta novela escrita en 1981. Cuesta 10 euros, caro para una obra de apenas 65 páginas de letras grandes, aunque barato para la grandeza de las Letras que esta contiene.
Carlos, la voz interna que nos cuenta su propia experiencia, nos traslada al México de finales de los años ‘40 del siglo pasado, desde el recuerdo de la perspectiva ingenua de un niño casi adolescente. Atiendan a la enumeración: “Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.”
La de Pacheco es una prosa ágil y moderna;  su palabra refleja lo universal y lo local de nuestra lengua común, junto a ese anglicismo que entonces aún no se nos había contagiado aquí, porque no nos dejaban. Es tan importante lo que cuenta como lo que insinúa, lo que dice como lo que calla.
Las batallas en el desierto es una novela de sueños inalcanzables, como esos amores imposibles de la adolescencia. Trata de las consecuencias ignoradas de nuestros actos, de jugar a imitar la vida real, de una sociedad que devora cuanto se sale de la norma. Una lectura de menos de tres horas que perdurará varios días en el pensamiento del lector, gracias a su sorprendente desenlace, que esclarece algunos de los aspectos argumentales planteados y, de paso, sugiere una honesta crítica sutil a la enfermedad congénita que ha padecido la política mexicana del siglo xx.

PAP

Las batallas en el desierto

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